Realidad devastada

Hace más de cien años, poco después del colapso de Gulurán al este de Jusia, extraños sucesos comenzaron a ocurrir al este de la isla de Kizún… Los ancianos cuentan de rocas verdes translúcidas que cayeron del cielo al sur del desierto Uliseo y como, semanas después del turbulento evento, sombras y reflejos ajenos a este mundo comenzaron a atormentar a cualquier aventurero que paseara cerca de los rescoldos del meteorito que destrozó la civilización más avanzada del mundo…

Incluso los guerreros de Amui, valerosos y orgullosos descendientes de los primeros elementalistas temen acercarse a esta tierra. Los habitantes de Asulas, el pueblo más cercano a realidad devastada, mencionan que en las noches de luna nueva un reflejo esmeralda ilumina los bosques y entre sus bellas luces, macabras sombras con ojos brillantes posan su mirada en todo aquel que se atreva a investigar el destrozado territorio.

En 3605, Amain Guzin y un grupo de guerreros se adentra al bosque de realidad devastada en busca de piezas de turquín, meses después de descubrir la sorprendente cualidad del verde mineral, capaz de almacenar el poder de los elementos para un futuro uso.

De esta compañía, solo un joven llamado Juargen Abarín regresó con vida, su familia hizo mención entonces del terrible deterioro que el joven sufrió en apenas días. De un joven dicharachero y enérgico, realidad devastada solo devolvió una carcasa con la mirada perdida que no paraba de murmurar las mismas palabras:

«Los oscuros nos miran, los oscuros nos transforman… Los oscuros nos aman…»

 

Juargen Abarín, días antes de quitarse la vida con sus propias uñas.

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